He sido testigo ocular de los maravillosos momentos que mi mamá ha vivido al lado de sus amigos. Esos carretes setenteros de guitarra y risas que evocan recuerdos edulcorados y empolvados del sur. Esa sonrisa y esa lágrima atorada en los laberintos del tiempo. Sólo sé que me gusta ver la felicidad de mi mamá cuando dice: "Voy a salir a carretear". El contrato marital que mantenía con el televisor se ha roto.Ahora que ya no tiene Facebook en su oficina, mi mamá aprendió
lo que es ir a un cybercafé. Debe combatir, al igual que yo, contra la lentitud del internet y los pesos que suman y siguen. También sabe usar el correo electrónico, aunque me acarrea durante horas nocturnas para que pueda subir sus reportes con más agilidad. Puedo estar muerta de sueño, pero me pide que lea sus escritos, que narran los momentos más importantes de cada reunión.
Sólo sé que, si de mi dependiese, la enviaría a carretear todos los días para que deje de hundir la cama con el peso de su cansancio. Porque no hay mejor medicina que la amistad. No hay mejor remedio que el abrazo de un amigo.

Y este es mi remedio: dormir en un sofá, después de trasnochar sin parar. Pero sé que en el fondo mi independencia comienza cuando la de mi mamá se libera.

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